jueves, 22 de mayo de 2008
El gozo de nuestra Esperanza...
Después de recibir tantas notas y llamadas de condolencias por la muerte de mi Madre (Susana Cardozo de Sánchez) creí conveniente compartir a manera de testimonio un poco sobre su vida y ministerio, con el fin de exaltar el nombre de Dios por el regalo muy preciado que nos dió con esa mujer tan especial que ahora está gozando en la presencia del Señor.
Susanita (como le decían sus familiares más cercanos y amigos) nació en Piedecuesta, Santander, Colombia el 16 de Julio de 1935.
Siendo muy joven se trasladó a la ciudad de Bogotá en donde vivió la mayor parte de sus 72 años de vida.
Se casó con José Pablo Sánchez León y tuvo tres hijos: Oscar, Mauricio y Adriana. En el año 1975 su esposo salió del hogar y aunque fué muy difícil en todos los aspectos, una nueva vida de retos, victorias y testimonio comenzaron en esos días.
Pronto se vió afectada por una artritis reumatoidea que minó su cuerpo y le trajo dolor por muchos años. Sin embargo, el dolor del corazón por la separación de su esposo y el dolor de su cuerpo por su enfermedad no la postraron ni física y menos espiritualmente para cumplir el propósito que Dios tenía para ella.
Muy pronto comenzó a descubrir que Dios no era el dios lejano del cual había aprendido desde niña. Descubrió a través de la lectura de la Biblia, las enseñanzas en la radio cristiana y luego las enseñanzas en la Iglesia Evangélica, que Dios se había hecho hombre en la persona de Jesucristo y que había venido a este mundo para morir en la cruz para reconciliar al hombre con Dios, y para perdonarlo por sus pecados, además de traerle al hombre vida eterna como resultado de aceptar Su sacrificio.
Este mensaje de Esperanza y Vida marcó la vida de mi madre. Ella decidió sacrificar la oportunidad de rehacer su vida sentimental, y en cambio decidió seguir sóla para educar y mantener a sus hijos, siendo padre y madre. Sabía que no podía lograrlo sóla, pero sabía que ahora Dios haría en ella y en sus hijos lo que nadie más podría hacer.
Por sus antecedentes como enfermera, llegaba a lo más alto de un barrio pobre en Bogotá para ayudar a los enfermos aplicando inyecciones y sueros para su bienestar, a la vez que generaba algo de ingreso para la familia. El servicio a los demás era algo que caracterizaba cada uno de sus días.
En cuanto a sus hijos, nos enseñó a seguir a Aquel que dijo: "Yo soy el camino, y la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por Mi". Nos enseñó a ser honestos, trabajadores, estudiosos y lo más importante, nos enseño a amar y respetar a Dios por encima de todas las cosas.
Cuando en mis años de juventud mi vida se estaba descarriando en medio del alcohol, los vicios y las malas costumbres, ella pasaba literalmente horas de rodillas en las noches y madrugadas orando a Dios por un cambio. Cuando ese cambio llegó, ella misma no podía creerlo... una vez más Dios mostraba Su amor.
Graduó en medio de muchas dificultades a su hijo mayor como Médico, a su hija menor como Ingeniero en Finanzas y a mí como Piloto Comercial.
Sin embargo, todos esos títulos no llegaron tan alto, como lo que logró al enseñarnos a amar y servir a Dios. Sus hijos en diversas maneras hemos estado enseñando la Palabra de Dios, testificando a otros de que Cristo está vivo y sirviendo a otros siguiendo su ejemplo y las directrices de Dios.
Oscar sirve en su iglesia local en Colombia, a la vez que sirve a muchos como Médico Forense y profesor universitario. Aunque su tarea principal es su papel como esposo de una gran mujer y padre de un hermoso hijo.
Adriana sigue también al Señor y trabaja arduamente con una entidad del Estado. Es esposa abnegada y madre de dos preciosos hijos.
Yo (Mauricio) he tenido el privilegio de ser el misionero-pastor en la familia. Dios me ha dado a la mejor mujer como esposa y a tres hijos preciosos que son un verdadero tesoro.
Mi madre sufrió la partida de su esposo, su penosa enfermedad y como "remate" la partida de uno de sus hijos (yo) hacia el exterior en el año 1988. Cada vez que hablaba con ella, me decía que aunque extrañaba mi presencia física, lo que más le importaba es que yo estuviera sirviendo a Dios en el ministerio al que Dios me había llamado (junto a mi familia) inicialmente en Venezuela y luego en Costa Rica.
SU MINISTERIO
El ministerio de mi madre fue principalmente la educación, formación y guía de sus hijos. Siempre en ella encontramos una fuente de consejo, ánimo, sabiduría, corrección y amor, aún hasta la última de nuestras conversaciones hace unos días.
Mi madre servía a otros con sus dones como enfermera, pero se destacó especialmente aconsejando a parejas, familias, individuos, de todas las edades y en diversas situaciones. Como resultado de sus consejos, palabras, servicio y especialmente ejemplo, muchos llegaron a conocer a Dios como su Señor y Salvador, otros llegaron a enderezar su vida, arreglar su matrimonio e incluso algunos llegaron al ministerio pastoral (entre esos yo).
Hasta el último día de su vida usó una preciosa voz que Dios le dió para deleitar a Dios y a otros con sus canciones. Dios debe estar diciéndole hoy y siempre, "Susana, hijita, canta otra vez para Mí".
FUNERAL
El Lunes 19 de Mayo luego de un paro cardiaco mi madre partió de este mundo para estar en la presencia del Señor.
Cuando mi hermano me llamó y me dió la noticia, fue una sorpresa que instantaneamente produjo dos sentimientos a la vez: tristeza y alegría. Tristeza por su partida física y alegría por saber que había cumplido su propósito en esta tierra y ahora estaba gozando en los brazos de Dios, sin dolor, sin angustia y sin tristeza.
Qué privilegio y bendición tuve, al encontrar fácilmente un boleto aereo para asistir a las exequias en Bogotá.
No es muy agradable ver un cadaver, sin embargo cuando vi el cuerpo inerte de mi madre, su rostro estaba igual a la última vez que la vi. No reflejaba dolor o angustia. Estaba solamente dormidita.
Tuvimos el privilegio de ver a familiares, vecinos y amigos a quienes no veíamos por muchos años. Nos honraron con su presencia y queremos agradecerles profundamente por sus palabras de ánimo y aprecio. Algunos enviaron flores, otros hicieron el esfuerzo de viajar desde lejos y otros hicieron aportes económicos en una entidad del cementerio para ayudar a ancianos en situación de necesidad en nombre de la memoria de nuestra madre. Nunca lo olvidaremos. También hemos recibido muchos correos electrónicos y llamadas telefónicas que nos llevan a agradecer a Dios por bendecirnos con tan buenos familiares, amigos y hermanos en Cristo.
El mayor privilegio fué el de poder testificar a todos los asistentes acerca de la esperanza que tenemos en Cristo, la cual aprendimos inicialmente por labios de nuestra madre.
Ahora, cada uno de los asistentes tienen un gran desafío: El dar respuesta al llamado que les hizo Dios a través nuestro de invitarle a El (Dios) a ser el centro de sus vidas, a ser su Señor y a ser su Salvador.
Algunos quizás estaban sorprendidos al ver pocas lágrimas en nosotros y ningún grito, como suele suceder en los velorios. No lo habíamos preparado excepto la preparación que hayamos recibido de Dios. Ese es el resultado de saber que estamos muy tristes por la partida física de nuestra madre, pero a la vez estamos alegres al saber que ella está ahora en su Hogar (la presencia de Dios). En el lugar que Dios preparó para ella y para todos aquellos que recibamos a Dios como nuestro Salvador y Señor.
La puerta sigue abierta para todo aquel que lea este testimonio. Dios sigue diciendo hoy: "Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí". También te dice Dios hoy "venid a mi todos los que esteis trabajados y cansados y Yo os haré descansar". Invita hoy a Dios a ser tu Señor y Salvador... quizás sea tu última oportunidad...
Mauricio

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